En estos momentos de agitación por los que pasa la economía mundial, las formulas para rentabilizar o reducir gastos en proyectos empresariales, e incluso líneas de negocio ya en marcha, son siempre bienvenidas.
A veces, lo que hace inviable la puesta en marcha de un nuevo negocio son los elevados costos de desarrollo y gestión del mismo. La idea, en sí, puede ser buena, pero su ejecución resulta imposible con recursos limitados o un potencial escaso. Sin embargo, ¿qué pasaría si un grupo de colaboradores desinteresados ponen manos a la obra y se convierten en nuestro departamento de desarrollo, equipo de test, o área de creación de contenidos?… Bueno, en primer lugar los gastos se reducirían considerablemente, y en segundo lugar nuestro potencial se ampliaría de forma notable.
Eso es el Crowdsourcing. Una fórmula en la que varios profesionales (o no profesionales) colaboran en un número variable de proyectos. La forma de compensar el servicio ofrecido puede variar desde un simple gracias, a una pequeña remuneración en forma de premio o reconocimiento honorífico.
Pero, ¿qué empuja a estos colaboradores desinteresados a prestar sus servicios prácticamente a cambio de nada?. Existen infinidad de estímulos para incentivar el Crowdsourcing. El hecho de ser el primero en probar determinado producto, o ser elevado a la categoría de censor de contenidos, pueden ser algunos de estos. De lo que no cabe duda es que es necesario “ilusionar” con nuestro proyecto a estos colaboradores, convertirles en miembros activos de algo atractivo.
En ese sentido las redes sociales han contribuido grandemente a la extensión de esta fórmula. La facilidad de interconexión y la posibilidad de dar a conocer nuestra idea de forma viral, permite formar grupos de trabajo con usuarios que pueden colaborar desde cualquier parte del mundo.
La capacidad de organizar y supervisar estos grupos de trabajo, así como la habilidad para mantener la ilusión por el proyecto, es lo garantiza el éxito en la práctica del Crowdsourcing.
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